La calle

 


Foto de Mihály Köles en Unsplash


Desde que vivo en el centro de una de las ciudades más gentrificadas de Europa me fijo en detalles que antes pasaban más desapercibidos. Por ejemplo, el barrendero del barrio. Está claro que en el centro, el Ayuntamiento dedica más recursos que en otra parte de la ciudad. El centro, al fin y al cabo, es el escaparate que se muestra a los turistas. Sin embargo, el barrendero siempre se queja de lo sucia que está la calle. Cada vez que pasa por su lado me lo enseña. Me muestra cómo están vacías las papeleras y cómo hay un montón de envases, papeles, vasos de refresco, latas de cerveza y  restos de comida, sobre todo, en las cercanías de las cadenas de comida rápida que abren veinticuatro horas. Da la sensación de que se lo toma como algo personal, como si estuviera limpiando una casa. Al principio, me parecía que era un poco exagerado, pero con el tiempo me he dado cuenta de que tenía razón. La calle es realmente la casa de unas cuantas personas. Más de las que pensamos. Cada mañana, cuando bajo hacia el metro los veo dormidos en bancos, en los poyetes de los comercios, en colchones sucios, bajo las peanas de estatuas de marqueses viudos o, incluso, sobre una maleta ya destripada. He aprendido a distinguirlos. Suelen ser los mismos. Las personas somos seres de costumbres y tendemos a repetir los hábitos para que todo nos resulte más sencillo. Algunos se pasan el día borrachos. Otros fuman porros. También hay quién lee. Ahora mismo me viene a la cabeza uno que siempre se coloca en una puerta de un supermercado. No sé su nombre. Ni cómo llegó a la calle. Estoy convencido de que tiene alguna historia trágica detrás. Nunca le he visto beber ni borracho. Siempre que le doy una moneda o le compro algo en el supermercado sonríe y da las gracias con amabilidad. Ahora cuando lo veo le saludo y le doy los buenos días. Igual que al barrendero. Al fin y al cabo, todos somos del barrio. 

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